domingo, 4 de enero de 2015

Le rouge, le feu


Mi estimado,

Alegría me da saber de usted siempre, pero esta vez, además, me ha dejado pensativa. Demasiadas semanas tiene el año para hacer con cada una de ellas algo interesante... ¡la cotidianeidad es tan simple y, por eso mismo, tan difícil de narrar!

¿Qué podría contarle que hiciese de mi rutina algo digno de su tiempo?

A propósito del tiempo, tal vez le parezca extraño, pero desde que me he mudado a Ningúnlugar, vivo con las estaciones alborotadas y los relojes mareados. Así las cosas, he perdido hasta el socorrido recurso de hablar del clima en las introducciones...

¡Con decirle que por aquí aún estamos esperando la llegada del otoño!

No ese otoño del viento y el desánimo, que pasa como una tromba revolviéndolo todo. Me refiero a ese otro otoño de la fascinación remota: ése que gasta sus mejores galas para morir digno y entero. Ahora mismo, mientras lo invoco, me parece sentir crujir el estallido de colores bajo mi paso. Es sólo una ensoñación, pero tan dulce como saber de usted en esas lejanías viajeras e ignotas.

Así de refrescante es este hábito de encerrar un pequeño trozo de vida y echarlo a rodar lejos: como un paseo furioso por el lado salvaje, desde la calidez de la chimenea.

Cuénteme de sus historias. Yo seguiré imaginándolas junto al fuego.

L.

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